Trabajadorxs de la comunicación, ¿estamos representades en los medios?

En el encuentro anterior, charlamos sobre cómo los medios nos representan a mujeres y diversidades en líneas generales, cómo nos encasillan en roles y nos muestran como otredad, diferente a la norma del varón hétero-cis. Partiendo de esa base, el segundo encuentro lo iniciamos hablando del caso específico de las violencias de género, ¿cómo se ven reflejadas en los medios de comunicación? Tomamos como marco la ley 26.485 de Protección integral hacia las mujeres, según la cual “se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, por acción u omisión, basada en razones de género, que, de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, participación política, como así también su seguridad personal”. Como podemos ver, las violencias contra las feminidades son muchas y están enmarcadas en una situación desigual de dominación, pero en los medios se elige hablar solo de la violencia física y no se contextualiza ni se profundiza en las desigualdades que la generan. En el caso de las disidencias, es aún peor, los travesticidios, por ejemplo, directamente se invisivilizan

Daniela Castro, Directora de Diversidad sexual y primera funcionaria trans de la PBA

En este marco, resaltamos la importancia de la Conferencia Mundial sobre la Mujer, que se llevó a cabo en Beijing en 1995, que fue una reunión de Naciones Unidas en la que se reconocieron los derechos de las mujeres de todo el mundo. Se trataron temas como la participación pública de las mujeres, la feminización de la pobreza, el acceso a la salud y educación y las violencias por motivos de género. Se incluyeron también, a nivel mundial y por primera vez, los derechos sexuales y reproductivos. Esta conferencia fue muy importante porque reconoció a las violencias de género como consecuencias de un sistema patriarcal y sirvió como base para muchas leyes y políticas públicas, como las que garantizan los derechos sexuales y reproductivos. Lamentablemente, este mensaje no llegó a los medios en ese entonces que recién el año pasado, con la incorporación de Mariana Iglesias a Clarín, comenzaron a aplicar la figura de editora de género. Luego se le sumaron otros medios grandes como Infobae, Perfil, Télam y Radio Provincia. La figura de la editora de género resulta esencial en este contexto de cambio para garantizar la perspectiva de género a la hora de comunicar. Sirve para garantizar que la cuestión de género no quedará encerrada en una sección o en “temas de mujeres”, sino que se aplicará en todas las secciones y noticias del medio.

Las editoras de género tienen que ser designadas porque, justamente, dentro de los medios no se cuenta con puntos de vista de mujeres y disidencias. Nos preguntamos, ¿por qué no llegamos a los puestos de toma de decisión? La respuesta es siempre la misma: el maldito patriarcado. Los roles que nos preasignan, la condena a la esfera privada y a las tareas de cuidado hacen que sea muy difícil el acceso, no solo a cargos altos, sino también al sector laboral en general. Esta situación está tan naturalizada, que a nuestro alrededor se creó un techo de cristal, que nadie quiere ver o reconocer pero ahí está, impidiéndonos el acceso a cierto tipo de trabajos, oficios o carreras. A su vez, nosotras mismas nos convencemos que nuestras posibilidades son limitadas, que hay ciertas cosas que no podemos hacer y, lo que es peor, nos conformamos con eso, creándonos nuestro propio techo de cemento. ¿Pero qué sucede cuando, a pesar de intentar romper todos los techos no lo logramos? Las tareas de cuidado, que recaen casi pura y exclusivamente sobre nosotras, nos insumen gran cantidad de tiempo y energía y nos significan una carga extra que, por lo general, los varones hétero cis no tienen; a esto se le llama “piso pegajoso”.

Nuestra mirada es valiosa y necesaria (MUY necesaria) para salir de esa visión patriarcal del mundo y cambiar, no solo la forma en la que les otres nos perciben, sino también para abrirnos caminos a otros mundos posibles.

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