Percibir nuestro gordo-odio para dejar de ser gordo-odiantes

Durante estos meses de cuarentena, aparecieron cientos de memes y comentarios gordo-odiantes en las redes. Personas preocupadas por subir de peso al no poder salir a hacer ejercicio físico o porque ahora que tienen menos cosas que hacer y comen más. Personas haciendo chistes de que cuando termine la cuarentena “no van a pasar por la puerta” o van a “rodar”. Parecería que a la gente le preocupa más subir de peso que contagiarse coronavirus. Mejor dicho, pareciera que “nos” preocupa más. Es hora de que aceptemos que somos una sociedad gordo-odiante y que la discriminación no es solo lo que se ve, el insulto directo, el chiste de mal gusto. La discriminación pasiva existe en la vida diaria, en gestos que no percibimos, en preocupaciones ridículas, en cómo tratamos a las personas gordas.

Y es que los estándares de belleza nos afectan y nos definen. Definen la percepción que tenemos de nuestros propios cuerpos y cómo percibimos los cuerpos de otres. Llegamos al punto de confundir ese estándar con salud y con deseo. Nos autoconvencemos de que sufrir porque nuestro cuerpo no es tan delgado como “debería” es bueno porque así nos estamos “cuidando”. Nos convencemos de que odiar nuestro cuerpo es quererlo. Nos convencemos de que los únicos cuerpos que podemos desear son los que responden a esa imagen inalcanzable. Lxs gordxs son indeseables, incogibles, no pueden sentir ni dar placer. Si nos atrae un cuerpo gordo, es un fetiche, nos avergüenza. Si nuestro cuerpo es gordo (o se aleja mínimamente del ideal), reprimimos nuestro propio erotismo, anulamos nuestro deseo.

Si somos un poco más progres y estamos más cerca de la belleza hegemónica, celebramos los cuerpos gordos y defendemos a las personas gordas de la violencia casi virulenta con la que a veces les tratan. Aplaudimos cada vez que unx activistx gordx sube una foto mostrando su cuerpo y la palabra que siempre nos surge es “valiente”. Qué valiente que sos, qué hermosx que sos. Lxs señalamos por mostrarse tal cual son, naturalizamos que ese cuerpo no es “normal”, que la normalidad es otra. Lxs fetichizamos, lxs tratamos de una manera totalmente condescendiente. Mientras tanto, cuando engordamos un kilo nos preocupamos, hacemos dietas, ejercicios, le comentamos a nuestrxs amigues “estoy hechx un chancho”, “tengo que largar los postres”. Limitamos nuestros vínculos sexo-afectivos a personas como nosotrxs, porque lxs gordxs no nos calientan.

Obviamente, nadie puede decirle a otre qué hacer con su cuerpo o con quién vincularse sexoafectivamente, pero deberíamos ser capaces de percibir que no son solo nuestras palabras las que definen nuestro gordo-odio. Deberíamos ser capaces de percibir que ser gordo-odiante también es percibir nuestra propia “gordura” como indeseable, que ser gordo-odiante también es ser condescendientes con las personas gordas, también es no desear personas por su tipo de cuerpo. Empezar a darnos cuenta de nuestras actitudes casi involuntarias para con los cuerpos de otres y para con nuestros propios cuerpos es el primer paso para aceptar la variedad de cuerpos. Aceptar la variedad de cuerpos es el primer paso para romper con lo impuesto.

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