Por María José Amerise 

En los últimos años las mujeres alcanzamos mayor grado de participación en espacios públicos, ganamos derechos y dimos batallas impensadas hasta hace poco tiempo. Sin embargo, estas conquistas no alcanzan a todas las mujeres. Las mujeres presas de su libertad forman parte de uno de los colectivos más vulnerables dentro de la sociedad. Históricamente, fueron invisibilizadas. Conocemos poco sobre su vida, sus prácticas y sus pensamientos.

La cárcel tiene como finalidad reproducir relaciones de poder dentro de un sistema desigual donde las mujeres pobres sufren una doble exclusión: por pobres y por mujeres. La perspectiva carcelaria fue siempre androcéntrica. Sus reglas, normas, administración y gestión fue pensada y construida poniendo en el centro al varón.

Los códigos, las leyes y los reglamentos afirman que “todxs somos iguales ante la ley”. Teóricamente, el trato hacia una persona que transgrede las normas sociales establecidas no supone distinción de género. ¿Pero qué pasa en la práctica? ¿Qué sucede dentro de ese espacio que la mayoría de la sociedad desconocemos? ¿Pueden las reglas de convivencias ser iguales para los presos que para las presas?

El 60% de las internas están detenidas por delitos vinculados a la Ley de Estupefacientes y el 90% son delitos menores sin hechos de violencia. No van presos narcotraficantes ni tampoco se desbaratan grandes organizaciones manejadas por hombres.  Se encarcela a las mulas. Entonces, podríamos pensar que la llamada “guerra contra el narcotráfico” es en realidad una guerra contra las mujeres. A la cárcel van las mujeres pobres por su estrategia de supervivencia dentro de un sistema que las excluye. A esta desigualdad podemos agregar un dato no menor,  siete de cada diez no tiene condena firme, un porcentaje altamente superior en relación a los presos varones.

Las edades de las mujeres privadas de su libertad van entre los 25 y los 44 años. El 31% tiene entre 35 y 44 años, el 30 % entre 25 y 34 y el 21% son mujeres entre 45 y 54 años. La mitad es soltera, separada o divorciada y la gran mayoría tiene hijxs a cargo. Hijxs con lxs cuales pierden vínculos al caer presas porque sus compañeros las abandonan y dejan de visitarla junto a sus hijxs.  Así, mientras que en las cárceles de hombres se forman largas colas de mujeres que le llevan alimentos y productos de higiene y aseo personal a sus compañeros, hermanos, padres e hijxs, en las cárceles de mujeres la situación es otra.

Un 5% de la población carcelaria femenina convive en prisión con sus hijxs. Si ser madre soltera fuera de la cárcel es difícil, imagínate adentro. Crias a tu hijx en un ambiente violento. No contás con espacios privados para vincularte, para jugar, para conocerte. No contás con las necesidades básicas ni con la alimentación adecuada para que una persona se desarrolle física y emocionalmente. Vivís con la impotencia de no poder mandarlx al jardín maternal porque tenés miedo que sufra maltratos. ¿Cómo formas un vínculo fuerte en esas circunstancias? Encerrada, sola y juzgada por una sociedad que te hace responsable del lugar donde crece tu hijx. Las fuerzas se agotan y el vínculo se rompe. Muchxs niñxs, con una madre presa y un padre ausente, terminan en hogares de adopción. El rol de madre se desdibuja en la cárcel y las mujeres sufren una doble estigmatización. Primero, por ser mujer y haber cometido un delito; segundo, por ser “mala madre” y criar un hijx en esas circunstancias de la cual sos 100 por ciento responsable.

La cárcel reproduce la desigualdad y la violencia de género. Desde la falta de visibilización a través investigaciones hasta los programas de reinserción laboral que les ofrecen a las internas. Mientras que los varones tienen talleres de oficio las mujeres son capacitadas para tareas domésticas. La cárcel mantiene y reproduce el patriarcado. La cárcel mantiene y reproduce las condiciones sociales de pobreza, exclusión y desigualdad.

Si bien la mayoría de las personas presas son de las zonas más marginadas, las mujeres contamos con una cuota de desventaja en el patriarcado: ser mujeres.  Mujeres que cargan con toda una cultura y una limitación de accesos desde su nacimiento y muy anterior a su encarcelamiento. Mujeres sin educación, sin servicios de salud sexual y reproductiva, sin decisión sobre sus propios cuerpos; madres jóvenes. Mujeres abandonadas por sus familias y abandonadas por un Estado. La desigualdad dentro del sistema penitenciario va a continuar. ¿Por qué? Porque parte de una diferencia estructural social en donde las mujeres tenemos un rol de subordinación que se intensifica tras las rejas. 

Se necesitan propuestas de ley que atiendan las necesidades específicas de las madres y de sus hijxs en prisión. Se necesita un sistema penitenciario con perspectiva de género y un Estado que se haga cargo de garantizar los derechos humanos de las internas.  

Se necesita un lugar seguro, cuidado y privado para las madres y sus hijxs los primeros años de vida. Se necesita promover la igualdad en la parantelidad, poner el foco en el rol paterno y favorecer políticas donde se dé mayor responsabilidad a los padres en la crianza y manutención de sus hijxs.  Se necesitan programas que hagan menos dolorosa la separación de las madres y sus hijxs cuando tienen que separarse. Se necesita que los logros alcanzados se hagan efectivos a todas las mujeres y no sólo a las mujeres “libres” y urbanas.

 

One Reply to “Olvidadas tras las rejas”

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