Estambul quedó varada en el Imperio Otomano

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Si bien el patriarcado es un fenómeno mundial, no en todos los países funciona igual. La forma en la que se expresa es diferente en cada lugar, y también las formas de resistencia. ¿Cuántas veces nos recomendaron no viajar solas solo por el hecho de ser mujeres? ¿Cuántas veces, ante noticias desgarradoras de mujeres turistas en el extranjero, escuchamos decir que “eso les pasa por no ir acompañadas”? Movernos con libertad en cualquier rincón del planeta, sin miedos, es nuestro derecho, pero es un derecho del que, como todos los demás, nos tenemos que apropiar. Para eso, de la mano de “Red viajeros”, decidimos compartir experiencias de viajeras por el mundo; porque el conocimiento es poder y saber a qué nos enfrentamos cuando estamos en un lugar desconocido nos da herramientas para hacerle frente al patriarcado, en todas sus formas.

La experiencia como turista me enseñó que no se puede ser ajena a la cultura patriarcal de Turquía, y estar en otro país me limitó fuertemente ante el acoso machista.

En agosto pude viajar, por primera vez, a Turquía. Precisamente a Estambul y Capadocia. En 2014 lo iba a conocer sola, pero, dos días antes de viajar, en Estambul hubo un intento de golpe de Estado y suspendieron los vuelos. Por lo tanto, fue un lugar que me quedó pendiente.

Esta vez, lo hice junto a una amiga. Fue un Eurotrip planeado a gusto de cada una. Yo volvía sola de Sofía, Bulgaria, y ella de Atenas. Quedamos en encontrarnos en el hotel de Estambul. Yo llegaba una hora antes que ella.

Una vez aterrizada, valija en mano, emprendí la salida del aeropuerto internacional de Atatürk hacia el centro de la ciudad, en el barrio de Beyoğlu. No era la primera vez que me movía sola en un país europeo. Si bien soy miedosa, la distancia de la cotidianeidad hace que uno tenga un poco más de valor. O eso creo. Entonces, me bajé del subte y salí en busca de mi hotel.

Tenía chip internacional, con lo cual, podía usar Google maps para ubicarme. El gps me indicó un camino por dentro y ahí empezó todo. El barrio no parecía lo que uno conoce como “centro”. Las calles, por dentro, eran estrechas y, como casi todo Estambul, estaban un poco dejadas. Lo primero que me llamó la atención fue ver, desde los costados de la cuadra, varios hombres sentados en los cafés o las puertas de sus casas. Cada tanto una mujer y, de seguro, era turista. Lo cierto fue que, caminando sola por el medio de la calle, no me dio seguridad. Mientras caminaba, me sentí como Cersei Lannister en la caminata de la vergüenza, esos hombres de distintas edades me miraban de una manera lasciva, de manera evidente, repugnante e impune. No voy a decir que no sabía qué me podía encontrar en una ciudad de Turquía: es un país donde las mujeres casi no tienen derechos y la cultura es machista. Bueno, no me caben las palabras para describir algo que agrande la palabra machista.

Como si fuera poco, un día antes decidí bucear en las noticias sobre ese país y algunas de ellas hablaban del crecimiento de femicidios luego del intento del golpe; de comentarios del actual presidente, Recep Tayyip Erdogan, sobre el rol de la mujer. Viajé unos días antes del debate del aborto en el Senado. En Turquía el aborto es legal, pero últimamente están impidiendo el derecho a las mujeres y, según lo que leí, puede que Erdogan derogue esa ley porque considera que las mujeres que no tienen hijos son “incompletas”.

Vuelvo. Una vez en el hotel, faltaba mi amiga, que llegaba en otro vuelo más tarde. Ella, a diferencia mía, no contaba con un chip internacional, por lo que quedamos en que me contactaba por whatsapp cuando consiguiera wifi. No fue lo que pasó. Su avión aterrizaba a las 12:30 del mediodía. Para las 14:30 hs no había dado con ella y estaba en estado de alerta. Durante esas casi tres horas que la esperé recorrí un poco el barrio. Misma situación, pajeros de todas las edades, comentarios en turco (o eso creo). Me sentía hasta incómoda con la ropa de verano. Sí, llegó un momento donde pensé que era mi ropa. Mientras todo eso corría por mi mente, mi amiga no aparecía. Hasta que su mensaje llegó. Alivio. Me contó que el aeropuerto no tenía wifi gratuito y le había costado conectarse. Lo pagó porque tampoco tenía cómo llegar al hotel. Le mandé las ubicaciones y a las dos horas estábamos juntas.

Me contó que un hombre la quiso llevar y le señalaba las tetas. Sí. Ella tenía puesta una blusa, sin corpiño, y el hombre hacía referencia a sus tetas. En turco, claro, pero además le hacía señas. Como pudo ubicó el colectivo que la dejó en la plaza Taksim. Nos cambiamos y salimos a pasear. Mismo panorama, pero más evidente. Estábamos asqueadas.

Al día siguiente, recorrimos un poco más del centro, caminamos alrededor de una plaza, donde había una parada de taxis y de conductores, obvio, varones. Comentarios de todo tipo en su idioma. Nos metimos en la plaza. Un hombre nos empezó a seguir y nos filmaba con su celular. Por donde miraras había hombres. La plaza estaba repleta de tipos. Empezamos a buscar la salida. Yo lo miraba, pero él seguía detrás nuestro, haciendo que disimulaba, pero era evidente. En un momento me señaló su miembro. No había forma de que alguien nos ayude, fue en plena luz del día con una plaza llena de testigos varones. Además, siendo sinceras, las leyes están hechas para que las mujeres no podamos defendernos. Y teníamos miedo porque no estábamos en nuestro país o en uno donde puedan darnos la oportunidad de expresarnos. Salimos de la plaza. Lo perdimos.

Ese día entendimos que Estambul, por más hermoso que sea, no es un lugar para que una o dos o varias mujeres viajen solas. No digo que todas las calles sean inseguras, pero la realidad es que, ese día, tuvimos mucho miedo. Como recomendación puedo decirles: vayan todas con un chip internacional y manténganse en contacto. Siempre es bueno tener en marcadores rápidos los teléfonos de las Embajadas.

De Estambul, les cuento, es hermoso. Las mezquitas te dejan con la boca abierta, los rincones, el bósforo, el Palacio Topkapi, todo fue más de lo esperado. Recorrerlo fue un sueño hecho realidad que, lamentablemente, quedó un poco opacado por la realidad patriarcal del país.

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